Socialización de las infancias o cómo demasiado de algo bueno puede llegar a ser un problema

Por Mireia Bazu
Hoy, en el blog de Crianza con Conexión, quiero escribir sobre un tema que considero muy importante para la crianza y la educación conscientes: la socialización de las infancias y las adolescencias.
Hay una especie de obsesión con impulsar la socialización de los niños y niñas desde muy temprana edad, incluso desde bebés, soliéndose considerar que lo más sano es que las infancias pasen mucho tiempo rodeados de pares, jugando y socializando sin parar, en el colegio, en extraescolares, en los parques.
Y esa obsesión llega a tal punto que las familias de niños y niñas más sensibles (y que suelen necesitar mayor conexión y corregulación para sentirse seguros y poder explorar el mundo) somos bombardeados desde que nuestros niños empiezan a gatear con el asunto de la socialización y de que quizá nuestro niño tenga un problema si no es superextrovertido ni se mueve como pez en el agua en parques infantiles llenos de gente y en muchos otros contextos sociales.
Pues bien, para tranquilidad de las familias más sensibles que consideramos muy importante el dedicar tiempo a cultivar las relaciones con nuestros niños, a jugar y disfrutar del día a día con ellos, a nutrir un vínculo de apego seguro, a rodearnos de otras familias sensibles y amorosas que promuevan entornos y relaciones de conexión y pertenencia, os quiero decir que la neurociencia está de nuestra parte, porque...
- el cerebro del niño es un órgano social que se desarrolla a través de interacciones sensibles, predecibles y sincronizadas con adultos capaces de ofrecer corregulación durante los momentos de estrés.
- existe una jerarquía natural en los mamíferos en las que los adultos deben posicionarse como guías firmes y amorosas de los niños, transmitiendo valores, ofreciendo cuidado, haciendo sentir en el propio cuerpo de los niños su empatía y compasión, especialmente cuando el mundo les resulta más difícil y abrumador.
- al invitar a la dependencia favorecemos el desarrollo de un apego seguro que va a permitir un desarrollo cerebral sano y equilibrado, acorde con el plan de la naturaleza (recordemos que los humanos mamíferos somos los animales que más tiempo necesitamos estar al cuidado de nuestros progenitores para poder madurar física, emocional y cognitivamente). Al contrario, cuando forzamos la independencia y la autonomía de forma artificial y prematuramente, antes de que los niños y niñas se sientan seguros y estén preparados para ello, podemos generar problemas en el desarrollo de los circuitos de la atención, motivación y el control de impulsos que se derivan de un sistema nervioso atascado en modos de supervivencia. De ahí que sea tan importante conocer a cada niño y sus particularidades, sus estresores, su sistema nervioso, sus necesidades y habilidades fisicas, emocionales y cognitivas, para poder respetar así sus ritmos, sus descansos, sus maneras de expresarse, regularse y aprender, y convertirnos en el tipo de correguladores que cada uno de ellos necesita.
- nos convertimos en modelos a seguir, en cuanto a valores, relaciones y patrones de comportamiento (de ahí que sea crucial sanar nuestras heridas de infancia para no transmitírselas a nuestros jóvenes y niños). Cuando los otros niños se convierten en modelos a seguir, entramos de lleno en la cruel e inestable "cultura de los pares", como la denominan los expertos en desarrollo infantil Gordon Neufeld y Gabor Mate, cultura en la que las modas, las alianzas, las luchas de poder, el bullying y la desconexión emocional son la norma, y suelen generar grandes niveles de ansiedad, desconcierto y disociación en los sistemas nerviosos de los jóvenes y niños.
- la conexión es un imperativo biológico, en palabras de Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal. Y esto significa que nuestros sistemas nerviosos desde que nacemos están constantemente buscando seguridad en las relaciones, una seguridad sentida en el cuerpo a través del lenguaje corporal, de la sincronía emocional, de la presencia que corregula durante los momentos de estrés y ofrece un espacio sin juicio para el procesamiento y la expresión emocional. Y aunque es cierto que puede existir una maravillosa conexión durante el juego con otros niños, no tiene sentido priorizar la socialización con otros niños (hasta el punto que las infancias y adolescencias pasen más tiempo con sus pares que con adultos que los hagan sentir vistos, escuchados y sentidos de una forma consistente e incondicional.)
- las relaciones son los agentes del cambio y, según el experto en trauma Besser Van der Kolk, la conexión entre padres/madres e hijos es la más poderosa intervención de salud mental conocida por la humanidad. Porque en las relaciones sensibles, positivas, auténticas, estables, consistentes, recíprocas y profundas encontramos nuestro sustrato vital, la clave para el proceso de sanación, resiliencia y recuperación de las adversidades y traumas que hayamos podido experimentar.
- el crecimiento y la maduración de las infancias y las adolescencias se da a través de vínculos de apego seguro, tanto primarios (progenitores y familia en la primera infancia) como también secundarios (maestros, talleristas, vecinos, terapeutas, bibliotecarios, y otros miembros de la comunidad durante la infancia, la adolescencia y la adultez) que construyen literalmente el cerebro de los niños y sus mapas del mundo y las relaciones a través de momentos de conexión, desconexión, ruptura y reparación. (Por eso es tan importante que todos los adultos que de una manera u otra se relacionan con niños y adolescentes, aunque no tengan hijos propios, se formen e integren la mirada polivagal en sus vidas y sean conscientes del poder de la conexión y las relaciones para crear sociedades más sanas y empáticas y abordar de una forma efectiva los crecientes problemas de violencia y salud mental que afectan a las infancias y adolescencias de todo el mundo).
- los humanos somos seres emocionales antes que pensantes, seres sociales que necesitamos sentirnos seguros, conectados, vistos, sentidos, cuidados, escuchados y abrazados por una red de personas que nos acepten tal y como somos... Siendo ese sentido de aceptación y pertenencia clave para nuestro bienestar individual y colectivo, como individuos y sociedad.
- los adultos sensibles, consistentes y amorosos somos los arquitectos del cerebro (y sistema nervioso) de las infancias y adolescencias, en casa, en las aulas, en la comunidad. Arquitectos que debemos haber realizado nuestro propio trabajo de arquitectura interior atendiendo a nuestras heridas, comprendiendo nuestra historia y rematernando nuestro niño o niña interior de la forma en que merecíamos. Sólo mirando hacia dentro, empezando por nuestro propio trabajo interior, podremos guiar a nuestros jóvenes y niños sin sangrar nuestras heridas sobre ellos, sin transmitirles los traumas intergeneracionales que aún no hemos podido enfrentar y resolver.
- las funciones ejecutivas y la capacidad de autorregulación no se desarrolla forzando la autonomía y la independencia en los niños y adolescentes, sino a través de miles y miles de experiencias de corregulación con adultos nutritivos e incondicionales que estén sincronizados con las necedidades físicas, emocionales y cognitivas de las infancias y adolescencias.
- en definitiva, estamos diseñados como humanos y mamíferos para la conexión y para buscar seguridad en las relaciones... desde que nacemos hasta el final de nuestros días. Y sabiendo que la neurociencia nos indica que ésta es una necesidad neurobiológica primal y absolutamente crucial para el bienestar de las infancias, adolescencias y adultos de la sociedad es absurdo e irresponsable pretender que sean los propios niños los que las satisfagan. El juego y relación entre niños y entre adolescentes es realmente importante, sí, no lo discuto, pero debe ser como la guinda del pastel, debe darse cuando los adultos en casa, en la comunidad y en el colegio ya hemos satisfecho de forma cotidiana sus necesidades irreductibles de seguridad, conexión y pertenencia.

Por eso, conocer y tener presente nuestras necesidades neurobiológicas, tanto en adultos como en adolescentes y niños, es fundamental para impulsar un cambio de paradigma real en la crianza y la educación. Un cambio de paradigma que nos posicione como agentes clave en la salud mental de nuestros jóvenes y niños, como agentes conscientes de que nuestro enfoque debe ser proactivo en lugar de reactivo, de que debemos prevenir y comprender en lugar de sólo resolver y etiquetar. Y esa tan necesaria prevención será realmente efectiva cuando dediquemos tiempo y atención a satisfacer dichas necesidades, cuando dediquemos tiempo a crear entornos y relaciones que permitan generar las condiciones necesarias para que cada qiño y joven pueda desarrollarse a su ritmo, sintiéndose cuidado, respetado y valorado, y sintiendo que puede ser él mismo y crecer en conexión con lo que siente, piensa y necesita a cada momento.
Porque cuando nos obsesionamos con la independencia y la socialización de las criaturas, y descuidamos nuestros vínculos con los jóvenes y niños de nuestras vidas, de nuestras aulas y de nuestras comunidades empezamos a ver cómo...
- la ansiedad, la depresión y la desconexión emocional secuestra el bienestar de nuestros niños
- nuestros niños y adolescentes pierden su capacidad de sentir y estar con todas sus emociones (generando la inmensa cantidad de conflictos y problemas que se derivan de reprimir emociones, especialmente las más desagradables, y de no ser capaces de sentir empatía y compasión por los demás)
- surgen problemas de comportamiento que no nos detenemos a observar con curiosidad y que rápidamente etiquetamos para nuestra comodidad (siempre es más fácil decir que el niño debe ser "arreglado", que tiene un problema, que cuestionar nuestra forma de relacionarnos con ellos, aprender a descifrar qué nos comunican los comportamientos e integrar en nuestra conciencia individual y colectiva que son las necesidades insatisfechas (y no la voluntad) las que están impulsando los comportamientos explosivos y de superviviencia que no queremos ver)
- surgen problemas de aprendizaje: recordemos que sólo podemos acceder a las funciones superiores de nuestro cerebro cuando estamos regulados y en modo conexión social (de acuerdo con la neurociencia y la Teoría Polivagal). Y para que los niños y jóvenes puedan moverse a este estado del sistema nervioso autónomo NECESITAN de presencia serena y una energía que apoye la regulación sus emociones y fisiología, y que desactive la alarma de su cerebro. Siendo los adultos las figuras corregulatorias de primer nivel. Podemos también promover la corregulación entre niños, pero no sin antes haber satisfecho la necesidad de apego jerárquico que ansía el sistema nervioso de los jóvenes y niños. Porque para que los niños y jóvenes aprendan deben primero sentirse seguros, y es nuestra responbilidad como familias, maestros, profesionales y miembros de la comunidad saber cómo crear los entornos y relaciones que nutran y expandan ese sentimiento y sensación de seguridad que es crucial para su desarrollo, salud y bienestar integral.
Si queremos criar y educar de forma consciente, respetuosa y sensible al trauma, la alta sensibilidad y las neurodivergencias debemos entender cómo se desarrolla y funciona el cerebro humano, cómo nuestros sistemas nerviosos impactan en los sistemas nerviosos de los niños y jóvenes con quienes interactuamos, cómo las relaciones y los entornos sanos y nutritivos que transcienden tantas etiquetas y miradas hacia el déficit, enfocándose en su lugar en las fortalezas, pasiones e intereses de las personas que los conforman, promueven la resiliencia, la sanación y el crecimiento conjunto de adultos y niños.
Y sólo cuando comencemos a comprender todo esto, reclamaremos nuestro rol como cuidadores, guías y protectores de las infancias y empezaremos a mirar a los niños y sus comportamientos de una forma diferente. Una forma que nos permitirá comenzar a mirar hacia dentro con la curiosidad, compasión y esperanza que otorgan el saber que nuestra presencia dedicada, humana, auténtica, sensible, amorosa y no perfecta no sólo es la mejor herramienta para promover la sanación de los niños sino también nuestra propia sanación.
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