REFLEXIONES DE CRIANZA Y EDUCACIÓN CONSCIENTES: TRAUMA INTERGENERACIONAL
Antes de que naciera tu madre,
tu madre, tu abuela y la huella más temprana de ti estuvieron en el mismo cuerpo.
Lo que sintió y experimentó tu abuela afectó a tu ADN.
La ciencia que estudia el modo en que el entorno cambia el funcionamiento y la expresión de nuestro ADN es la epigenética. Y ésta nos muestra que el trauma se transmite de generación en generación.
Heredamos el trauma de nuestros ancestros y nuestro cuerpo recuerda algo que nosotros nunca hemos experimentado.
¿Podemos heredar el trauma?
El experimento con ratones que revolucionó la epigenética
Durante muchas décadas, hemos pensado que únicamente heredábamos el color de los ojos, la estatura o determinadas predisposiciones genéticas. Sin embargo, la investigación en epigenética ha abierto una pregunta fascinante: ¿es posible que las experiencias traumáticas de nuestros antepasados dejen una huella biológica en las siguientes generaciones?
Uno de los estudios más sorprendentes sobre este tema fue publicado en 2014 por los investigadores Brian G. Dias y Kerry J. Ressler, de la Universidad de Emory, en la revista Nature Neuroscience.
Los investigadores trabajaron con ratones macho, exponiéndoles repetidamente al olor de la acetofenona, una molécula presente en algunas flores, como las del cerezo, y en alimentos como las almendras, y aplicándoles seguidamente un electroshock leve en las patas.
Tras varias repeticiones, bastaba con hacerles oler la acetofenona (sin electroshock) para que mostraran una intensa respuesta de miedo, permaneciendo inmóviles y activando sus mecanismos de supervivencia.
Hasta aquí, no hay nada novedoso, porque es un claro ejemplo del condicionamiento clásico que se ha replicado en infinidad de situaciones.
Pero lo que vino después es lo realmente sorprendente...
Tras finalizar el experimento, estos ratones se reprodujeron con hembras que nunca habían estado expuestas ni al olor ni a los electroshocks. Y, cuando nacieron las crías, decidieron separarlas de sus padres para observarlas y estudiarlas.
Y resulta que cuando los investigadores expusieron a estas nuevas generaciones al olor de la acetofenona, observaron algo inesperado: Las crías mostraban una sensibilidad mucho mayor hacia ese olor y reaccionaban con respuestas de miedo significativamente superiores a las de otros ratones que no descendían de los padres roedores sujetos al experimento.
Pero lo más increíble de todo fue que esa tendencia a activar mecanismos de supervivencia y de protección ante el olor de la acetofenona también se observó en la siguiente generación: los nietos de los padres que recibieron los electroshocks.
Al analizar esta transmisión del miedo y de la activación de los mecanismos de supervivencia ante determinados estímulos, los investigadores NO concluyeron que los descendientes heredaran un recuerdo consciente del trauma, sino una predisposición biológica a responder con mayor intensidad ante un estímulo que había sido peligroso para sus antepasados.
El estudio reveló modificaciones epigenéticas en el ADN de los espermatozoides de los padres, concretamente en un gen relacionado con el receptor olfativo encargado de detectar la acetofenona. Es decir, no se produjo un cambio en la secuencia del ADN, sino la manera en que determinados genes se activaban y expresaban.
Asimismo, encontraron que las crías presentaban un mayor número de neuronas especializadas en detectar ese olor y una mayor sensibilidad en las estructuras cerebrales implicadas en el procesamiento de ese tipo de información sensorial.
¿Qué nos enseña este estudio?
Este experimento supuso una de las primeras evidencias sólidas de que una experiencia de estrés intenso puede dejar una huella epigenética capaz de influir en las siguientes generaciones.
No significa que heredemos recuerdos o que el trauma pase automáticamente de padres a hijos como si de una fotografía almacenada en el ADN se tratara.
Lo que sí sugiere este estudio es que determinadas experiencias en una familia pueden modificar la forma en que algunos genes funcionan, se activan y expresan, y que parte de esa información biológica puede transmitirse a la descendencia, de generación a generación.
¿Y qué ocurre en los seres humanos?
En lo relativo a los humanos, la investigación es mucho más compleja. Pero, gracias a la observación y el análisis tecnológico, se han encontrado cambios epigenéticos en descendientes de supervivientes del Holocausto, de personas que vivieron grandes hambrunas, guerras o experiencias de violencia extrema. Y aunque todavía quedan muchas preguntas por responder, y muchas incógnitas por resolver, la evidencia acumulada apunta a que el trauma puede transmitirse entre generaciones mediante una combinación de factores biológicos, epigenéticos, psicológicos, familiares, sociales y culturales.
No heredamos únicamente genes; también heredamos formas de relacionarnos, maneras de percibir e interpretar el mundo, formas de responder ante el peligro, estrategias de supervivencia y sistemas nerviosos moldeados por las experiencias de quienes nos precedieron.

Crianza y educación neuroinformadas
Si las experiencias difíciles pueden dejar huellas, las experiencias reparadoras también pueden hacerlo gracias a la neuroplasticidad.
La epigenética nos recuerda que los genes no son un destino inamovible, y que el cerebro y el sistema nervioso mantienen una extraordinaria capacidad de adaptación al entorno a lo largo de toda la vida.
Por eso, es fundamental integral el rol crucial de las relaciones seguras, el vínculo, la corregulación, la regulación emocional, la terapia somática, el juego, la conexión, el apoyo social, el sentido de pertenencia y los entornos protectores para favorecer cambios biológicos que promuevan la salud, la sanación y la resiliencia en niños, en jóvenes y en adultos.
Comprender el trauma intergeneracional no significa asumir que estamos condenados por nuestra historia familiar. Al contrario, significa que, cuando cuidamos de nuestro propio sistema nervioso y ofrecemos experiencias de seguridad sentida, conexión y corregulación a nuestros hijos y alumnos, tendremos la oportunidad de interrumpir ciclos de abuso, negligencia y desconexión (que empezaron años atrás) que impactan negativamente a las nuevas generaciones y a su desarollo socioemocional y cognitivo.
En definitiva, el trauma intergeneracional es real y determina la forma en que nos relacionamos con los niños y adolescentes (propios y ajenos, en casa, en la comunidad y en el trabajo). Por eso es tan importante no sólo explorar nuestra propia historia familiar, nuestro tipo de apego, nuestras experiencias y traumas intergeneracionales replicados y normalizados sino también comprender la neurociencia del bienestar y de la resiliencia para poder detectar patrones tóxicos, satisfacer carencias primales y romper de una vez por todas con la transmisión automática de un trauma intergeneracional y cultural que sigue menoscabando la salud física y mental de millones de personas del mundo.
Referencia científica
Dias, B. G., & Ressler, K. J. (2014). Parental olfactory experience influences behavior and neural structure in subsequent generations. Nature Neuroscience, 17(1), 89-96.